Juan el pobre

Tirada en mi cama, a la vez que el sol se filtra por la ventana y juega a ese baile nupcial con las cortinas fucsias, me acuerdo de golpe de lo libre que eramos y no nos dábamos cuenta.
Me acuerdo de la marga tirada al lado mío en una piedra, en el medio de la quebrada de Juan el pobre, con un copón de vino , mientras yo muevo una lata de birra.
Dario y Rosier gritandonos desde una mini montaña que acaban de llegar a la cima ¿ahora cómo bajo? Insiste Rosier. El silencio nos pertenece y lo hacemos de plástico, mientras insistimos en poner música, no se cuando ni como pero de repente empieza a sonar Spinetta en mi celular, llena de verde limón la atmósfera con todas las hojas son del viento.
Dario bajo con Rosier, así que se pone a dibujar mientras con Marga nos reímos de todo, pero yo más de ella ¿ya estás en pedo? Le pregunto, y se acomoda el gorrito de lana casi por inercia.
El cielo azul nos cubre, y las montañas de la quebrada parecen inclinarse para chusmear que estamos haciendo. No tenemos más que música, vino y risa, pero sobre todo nos colma la libertad de estar existiendo.
Cierro los ojos, y cuando los abro sigo tirada en la cama de mi cuarto. Lo único que deseo ahora mismo es estar sentada en una piedra en el medio de la quebrada de Juan el pobre burlandome del pedo que trae Marga, y que la brisa fría nos recuerde que no llevamos barbijo, que todavía nos podemos ver las sonrisas.
Ya va a pasar el tiempo, pienso, y volveremos a ese escondite lleno de salidas pero destinado a los encuentros. Si existe un cierre a todo esta nostalgia es las ansias de que las paredes se caigan y tengamos a las montañas de hogar.

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