Jazmín
Escribir con la luna debajo de mi brazo,
Acariciar la cabeza de mis perros y sentarme en bombacha a tomar una taza de té de yuyo traídos de la cordillera.
En alguna parte del mundo los pájaros mueren, dejándose caer sobre ese áspero asfalto que jamás les dará un beso sobre sus plumaje para darles un último vistazo de lo que fue ese ahora lejano paso por el mundo terrenal.
El corazón se me aprieta un poco contra el pecho, así que miro hacia los verdes árboles que bailan suavemente al ritmo del viento sur, que apenas llega, y me tomo mi taza de té algo humeante.
En mis piernas ahora duerme un mirlo, que me pide entre bostezos que lo despierte cuando amanezca ¿pero vos no volas de noche? Le pregunto de forma ingenua, el pajarraco me mira un momento y se prepara para dormir. Yo guardo silencio, tal vez ahí esté la respuesta.
Los perros aúllan, mientras el silencio colma las calles, ni siquiera un auto pasa como para recordarme que estamos viviendo entre humanos, entre animales políticos, así que sin querer lo olvido y sonrío tarareando alguna canción que escuche cuando era niña.
Uno de mis perros me deja un ramo de jazmines sobre el útero, y el otro se hecha a dormir a mis pies. Yo dejo la taza a un lado para recostarme sobre el frío pasto, llevando mis ojos hacia el cielo ahora estrellado, que parece saludarme contento ¡al fin hay alguien! Me parece escucharlas murmurar entre ellas.
Cierro los ojos, y el olor a jazmín sobre mi útero me trae la respuesta del mirlo que duerme en mis piernas. En esta noche no quiero estar en otro lado que no sea en mi centro, en mi escencia, en mi misma.