"Me siento bien" escuche a Nina decir.

¿A donde van a parar los que no cortan las rosas para adornar las mesas de luz, y en vez de ello riegan los rosales para que el jardín se colme del aroma propio de la fluidez natural?
No sabe muy bien, pero se hace esa pregunta mientras pasa caminando junto al puente de la circunvalación, mirando de frente porque mirar hacia al abismo suele darle vértigo, o ser tentador.

¿Hacia donde se escabullen las palabras que no se dicen por pura negligencia o necesidad de silencio para la culminación de los eventos que hacen sangrar a las estrellas, cada primero de enero?
La respuesta no se formula, pero la vida le acaba de invitar a bailar un tema de Nina Simone en el medio del super mercado. Mueve un poco la cabeza, al ritmo de las caderas. Ojala no exista otra vida, ojala existan miles.

Las manos que se apropian de los recuerdos, para pausar pasados y construir presentes ¿tendrán razonamiento sobre los discursos de la mente, que van siendo narrados como dedos sobre las teclas del piano?
Acaba de sentir como es invadido, invadida, por el hormigueo, ese hormigueo que te hace aguantar la respiración y sonreír entre espasmos para darle un recreo a la mente. Seguro existe una canción que musicalice la secuencia, pero ya no importa, porque ahora las piernas tiemblan y la boca gime.

¿Donde terminan los miedos luego de que las habladurías son empujadas hacia el centro de la misma nada, ahí donde expiran las idealizaciones y crecen las bocanadas?
Tal vez exista respuesta, pero acaba de crear un hogar sin previo aviso entre medio de todas esas sensaciones que prometen amor, pero del propio.

¿En que ruta terminamos todos, cuando encontremos lo que buscamos? En ningún lado, creo, porque terminar es solo una nueva forma de comenzar de nuevo.

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